Artículo
José Antonio Aspiros Villagómez
El primer texto ’periodístico’ que escribí (muy mal redactado y antes siquiera de saber que sería periodista), fue en junio de 1958 para la revista Héroes de la Escuela Secundaria Diurna número Tres, Héroes de Chapultepec, de la Ciudad de México, donde yo cursaba entonces el segundo año, y era una notita de media plana relativa a la fundación de ese plantel en 1926, es decir, hace ahora cien años.
Según aquel texto, la escuela fue fundada el 13 de abril y para esa fecha esperaba la ceremonia conmemorativa del centenario este año y me había propuesto asistir, pero será el 26 de marzo como vi en la invitación de la directora del plantel, Gabriela Valencia Palacios, que recibí hace pocos días a través del compañero Daniel Guillot García, de la Fundación Amigos de la Secundaria 3, a quienes agradezco haberme incluido, aunque no sé si lo merezca, entre los ’grandes personajes de la sociedad mexicana’ que pasamos por las aulas de esa querida escuela. (https://www.facebook.com/fundacionamigosdela3/?locale=es_LA Fundación Amigos de la Secundaria 3).
Por haberme programado para una fecha distinta no podré estar presente (y con tristeza me disculpo), porque del martes 24 al sábado 28 próximos tengo concertadas con mucha anticipación importantes citas para estudios y consultas tanto en el IMSS como con médicos particulares, incluido cardiólogo. Al festejo del cincuentenario, el 15 de junio de 1976, sí pude acudir y hasta saludé a quien fue mi maestro de química, el doctor Eduardo García, pues seguía impartiendo clases.
Celebrar un siglo de existencia de una de las muchas escuelas secundarias que existen ahora en México, pudiera parecer algo de interés muy restringido pese a tener entre sus egresados hasta presidentes de México, un miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y famosos deportistas, pero si revisamos el contexto histórico en que ocurrió, la apreciación tiene que ser diferente.
En 1926 gobernaba el país Plutarco Elías Calles, quien el año anterior había emitido dos decretos, de fechas 29 de agosto y 22 de diciembre, para crear ese nivel educativo y establecer los planteles correspondientes. Y parece que en ese mismo 2025 comenzó a impartirse la secundaria en algunas partes del país, lo que deduzco porque en diciembre pasado se celebró su centenario en el Estado de México, con una ceremonia en Texcoco, de donde es originaria una conocida maestra, Delfina Gómez Álvarez, actual gobernadora.
En la ciudad de México, las secundarias Uno, Tres y Cuatro fueron establecidas simultáneamente después, en 2026, según escribió el subdirector de la Tres, Francisco Valdés Becerril, en el Anuario 1957 de mi querida escuela.
En ese 1926, mientras por una parte el gobierno abría secundarias, por otra cerraba colegios confesionales que habían sido prohibidos, y fue cuando hizo crisis el conflicto del gobierno con la Iglesia Católica que dio origen a la llamada Guerra Cristera.
Buscando detalles, encontré a manera de ejemplo una nota de El Universal del 14 de febrero de ese año, acerca de la clausura, por parte de la Secretaría de Gobernación, de la Academia de la Visitación en Coyoacán, el Colegio Franciscano en Mixcoac y el Colegio de Nuestra Señora del Pilar, y las religiosas que impartían clases fueron detenidas o conminadas a disolver su comunidad, ya que funcionaban ’en contra de los preceptos de la Constitución’.
En tanto eso ocurría en el país y no solamente en la capital, el maestro Juan G. Olguín asumió la dirección de la naciente Secundaria Tres, que se instaló sucesivamente en dos edificios particulares, donde estuvo hasta 1930 antes de trasladarse al actual de avenida Chapultepec 183, donde sufrió muchos daños, con víctimas incluso, durante los sismos de septiembre de 1985.
El mérito del establecimiento de la enseñanza secundaria en México como complemento del proceso educativo, lo tiene el maestro Moisés Sáenz Garza (1888-1941), quien fue un indigenista, educador, diplomático y político que también promovió las escuelas rurales y fundó la Casa del Estudiante Indígena.
En 1924, todavía durante el gobierno de Álvaro Obregón, Sáenz fue oficial mayor de la Secretaría de Educación Pública y con Elías Calles pasó a ser subsecretario. Renunció a la SEP en el gobierno de Lázaro Cárdenas, cuando las políticas educativas pasaron de la escuela activa (pedagogía progresista) a la educación socialista, que duró muy poco. La tentación de este tipo de cambios llega hasta nuestros días.
Ahora existe la Nueva Escuela Mexicana, que se presenta como una propuesta para modificar el modelo en la educación secundaria, con base en los principios de equidad, inclusión, excelencia educativa, integralidad y sustentabilidad y, así, ’garantizar una formación integral y de calidad para todos los estudiantes’ (https://nuevaescuelamexicana.org/que-cambios-se-esperan-en-los-programas-de-estudio-de-la-educacion-secundaria-con-la-nueva-escuela-mexicana/)
Pero me parece que todo eso ha fallado, al menos en hacer que los alumnos sean lectores asiduos y escriban correctamente, cosas que son tan elementales, que en el caso de la lectura la Unesco lleva una medición mundial en la que México saca malas notas.
Pero cuando se fundó la Secundaria Tres, donde la enseñanza tenía como bases ser científica, laica y gratuita, como ya mencioné se intensificaba la lucha entre el Estado y la Iglesia porque ésta sostenía colegios con otro tipo de educación, tal vez basada en las tesis conservadoras del creacionismo.
Y mientras el presidente Calles promulgaba la Ley sobre Delitos y Faltas en Materia de Culto Religioso y Disciplina Externa, cuyo artículo cuarto establecía que ’ninguna corporación religiosa, ni ministro de algún culto, podrán establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria’, la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa emprendía una campaña que pedía la ’abstención total de concurrir a las escuelas laicas’, según leí en www.laizquierdadiario.mx y la Historia Gráfica de la Revolución Mexicana de Gustavo Casasola, respectivamente.
Aquel conflicto se resolvió al final de los años 20 y en la actualidad funcionan sin problema los colegios particulares de corte clerical, mientras que la ya centenaria enseñanza secundaria a cargo del Estado, se imparte hasta en las telesecundarias que inició en 1965 el ingeniero Guillermo González Camarena y formalizó en 1968 el entonces director de Educación Audiovisual de la Secretaría de Educación Pública, Álvaro Gálvez y Fuentes, padre de mi amiga Marina, por cierto, a quien mando saludos.
Cuando estudié la secundaria entre 1957 y 1959, la Tres era sólo diurna y para hombres y ahora es mixta y ’general’, y así forma parte de un sistema que incluye varias modalidades: la citada telesecundaria, la secundaria técnica, la general y la federal.
Usábamos uniforme color caqui con camisola y corbata, y a los 15 años, cuando iba en tercero, hice mi Servicio Militar Nacional porque el plantel era militarizado; fui sargento segundo. También estuve los tres años de la secundaria en la Cruz Roja Juvenil como jefe de escuadra. Me faltó estar en la escolta y en la banda de guerra. Ah, y en el coro.
En el año de mi ingreso regresó como director de la Tres el maestro de civismo Jesús Teja Andrade, quien ya había estado en el cargo entre 1948 y 1953, según relató el profesor de literatura, Valdés Becerril, en el Anuario ya citado.
Comencé la educación primaria en el Instituto Luis Vives y los cinco años siguientes fueron en la Escuela República de Costa Rica, ambos planteles en la colonia San Miguel Chapultepec. Luego di el brinco a la Secundaria Tres a la edad en que uno empieza a cambiar y ver la vida de otra manera.
Los programas de estudios incluían materias como español, civismo, historia, un idioma extranjero, biología, física y química, geografía, matemáticas, educación física y hasta talleres; yo llevé imprenta, electricidad y carpintería, y lamenté que no me hubiera tocado encuadernación como a mi primo Gabriel, quien salió de la Tres el año anterior al de mi ingreso.
Nuestro maestro de música fue Ramón Noble Olivares, fundador del Coral del INBA, y a veces nos daba la clase el también ilustre Luis Sandi. Y gracias al profesor Juan Moisés Calleja, quien después fue ministro de la Suprema Corte de Justicia, me gustó para siempre la historia de México y ha sido uno de los principales temas de mis artículos.
Había laboratorios, una cooperativa y biblioteca, donde muchos alumnos se arremolinaban, no en torno a los libros, sino alrededor de Áurea, la joven y guapa bibliotecaria que atendía el lugar. Entre mis compañeros de salón estuvieron Carlos Amador y Manuel Martínez López, hijos del productor Carlos Amador y la actriz Marga López, a la que veíamos en los festivales del Día de las Madres. Y ahí estaba también, un año adelante, el desde entonces inquieto Parménides García Saldaña, quien fue un destacado novelista.
De quienes habían sido mis compañeros en la primaria y luego en la secundaria, recuerdo al después médico Antonio Juárez Bautista y a Rodoldo Aguilar Borja, y de entre mis vecinos de Tacubaya, a Evaristo Villavicencio Ruiz -tal vez fue galeno, como su padre- y al muy pesado Raymundo Ríos. Mi primo Huberto también quiso entrar a la Tres simultáneamente conmigo, pero no alcanzó lugar.
Hubo un compañero, Mario Sardaneta Villalpando, que ganó el primer lugar en el concurso de literatura organizado por la Biblioteca Moisés Sáenz de la Secretaría de Educación Pública con su trabajo Monografía de Manuel Acuña, del que conservo un ejemplar que he leído unas tres veces y lo comenté en una reseña en 2009.
Cuando cumplió 50 años la Secundaria Tres, yo era director de la revista Automundo (casi a punto de renunciar para irme a la agencia Notimex) y fui a la ceremonia junto con mi compañero de trabajo Rodolfo Velasco Moguel, quien era también egresado de esa escuela, pero de generaciones posteriores.
El 12 de septiembre de 1926, alrededor de medio año después de fundada la Tres, por el delito de ser creyente fue asesinado por militares en Zamora, Michoacán, en el contexto de la Guerra Cristera, el casi niño Manuel Melgarejo, cuyo nombre llevaba o lleva el grupo parroquial de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana donde estuve precisamente desde mis años de secundaria. Y le puse su nombre al periódico mural que hice en ese grupo en 1960. Era yo muy inquieto y danzaba por cuantos espacios y oportunidades encontraba, en busca de mi lugar en el mundo. Lo encontré pronto, creo que pude madurar y sigo en él.
PIES DE FOTO:
1.- La Secundaria 3, preparada para su centenario.
2.- El escudo de la Secundaria 3.
3.- En 1976, a la derecha de mi maestro de química en 1959, Dr. Eduardo García.
4.- Presente en el cincuentenario de la Secundaria 3, en 1976 (primer plano, esquina derecha).
EN SEGUIDA Y EN ESPECIAL PARA LA FUNDACIÓN AMIGOS DE LA SECUNDARIA 3, OTROS TEXTOS MÍOS SOBRE EL MISMO TEMA, PERO QUE AMPLÍAN ALGUNOS DATOS:
UN MES DE INTENSOS RECUERDOS HISTÓRICOS
(Fragmento de mi artículo difundido por Notimex el 21 de septiembre de 2004)
Todo septiembre es el mes de la patria. Nuestro fervor cívico se mantiene vivo a lo largo de sus 30 días y así debiera ser durante todo el año. Vivir de tiempo completo como mexicanos, fue la propuesta de este articulista en su colaboración anterior.
(…)
Los mexicanos hemos aprendido en la escuela los pormenores de las acciones que se evocan en esas y otras fechas. Nuestros maestros de historia y de civismo nos narraron con un entusiasmo contagioso las hazañas y las penurias de los héroes, y algunos gobernantes -como Adolfo López Mateos en el sesquicentenario de la Independencia (1960)- tuvieron la oportunidad de encabezar emotivos actos cívicos en aniversarios importantes.
Así, este articulista rememora que, en sus años de la Secundaria 3 ‘Héroes de Chapultepec’ del DF, aprendió a ser mejor mexicano gracias a profesores como Jesús Teja Andrade, Gustavo Aranda y Arana (nada que ver, ideológicamente, con su antepasado colonial, el Conde de Arana), Vicente Coral Martínez (luchador por la conversión de Quintana Roo en estado de la Federación) y Juan Moisés Calleja (también muy distante de lo que fue el general realista Félix María Calleja del Rey). Y a Ramón Noble Olivares, creador del Coral de Bellas Artes, que en la clase de música nos hizo entonar cada vez mejor el Himno Nacional.
En la escuela aprendimos -y ojalá que a nuestros nietos se los enseñen también a pesar de tantos embates globalistas contra los valores nacionales- que en septiembre de 1847 las tropas invasoras estadunidenses encontraron en la capital del país la resistencia de muchos patriotas. Desde los de Churubusco y los 72 irlandeses del Batallón de San Patricio que se sumaron a la causa mexicana, hasta los defensores de la Casa Mata y el Molino del Rey, los miembros del Batallón de San Blas, y los seis jóvenes cadetes del Colegio Militar -los Niños Héroes- que cayeron heroicamente en la defensa de Chapultepec.
Recuerde usted sus nombres: Juan de la Barrera Inzárruaga, Juan Escutia, Francisco Márquez Paniagua, Agustín Melgar Sevilla, Fernando Montes de Oca Rodríguez y Vicente Suárez Ferrer Ortega. Sus restos -que siempre estuvieron sepultados en Chapultepec- fueron reconocidos formalmente el 9 de septiembre de 1947 por decreto del Congreso de la Unión, y reinhumados con solemnidad el 27 de septiembre de 1952 en el Hemiciclo actualmente erigido en Altar de la Patria.
Aquellos evocados mentores de la secundaria también nos narraron con detalle, cómo el cura José María Morelos instaló el 14 de septiembre de 1813 el Primer Congreso de Anáhuac, durante el cual rechazó el título de alteza serenísima que le ofrecían, para adoptar el de Siervo de la Nación, y presentó su plan independentista conocido como los Sentimientos de la Nación, que condujo dos meses después a la Declaración de la Independencia de América Septentrional.
Ya el año anterior -el 30 de septiembre de 1812- según nos contó en su amena cátedra el maestro Calleja (luego metido al sindicalismo cetemista, a la política y a los cargos públicos incluido el de ministro de la Suprema Corte; vivió 102 años), había tenido lugar otro hecho importante: la promulgación de la Constitución de Cádiz en el México colonial, que si bien era un mandato monárquico producto de la situación en España, estableció aquí la libertad de imprenta y el derecho ciudadano para elegir ayuntamientos. Frutos de ese episodio fueron, entre otros, la publicación del periódico El Pensador Mexicano, de Joaquín Fernández de Lizardi y, como anécdota, el cambio de nombre de la Plaza Mayor de la capital, por el de Plaza de la Constitución.
(…)
MATERIALISTA, ROMÁNTICO Y ATORMENTADO, MANUEL ACUÑA CUMPLE 160 AÑOS
(Artículo difundido por la agencia Amex, 23 de agosto de 2009)
Hace medio siglo, el estudiante de la Secundaria 3 ‘Héroes de Chapultepec’ de la ciudad de México, Mario Sardaneta Villalpando, ganó el primer lugar en el concurso de literatura organizado por la Biblioteca ‘Moisés Sáenz’ de la Secretaría de Educación Pública (SEP) con su trabajo Monografía de Manuel Acuña.
Ahora que se cumplen 160 años del nacimiento del poeta romántico nativo de Saltillo, Coahuila, aflora la anécdota de que Sardaneta y sus compañeros de grupo presenciaron cómo su maestro de literatura, don Francisco Valdés Becerril, terminó llorando en una clase su lectura en voz alta del poema ‘Nocturno a Rosario’, del propio Manuel Acuña Narro.
Este bardo cuya vida transcurrió entre gobiernos liberales y conservadores, republicanos e imperiales, y fue contemporáneo de don Benito Juárez y de Maximiliano de Habsburgo, nació el 24 o el 27 de agosto de 1849 y en su breve vida de 24 años vio pasar a 14 presidentes, un emperador y una regencia, pero su vocación no lo llevó a la política.
Según la monografía de Sardaneta, mientras Benito Juárez ’encauzaba’ la situación política del país tras haber derrotado a los imperialistas, el joven Acuña, a sus 21 años hizo su primera aparición en público el 7 de marzo de 1870 para declamar en el teatro Principal de la capital mexicana ’una oda impregnada de materialismo puro y penetrante’, intitulada ‘Mentira el Más Allá’.
Tres de las principales características de la formación y personalidad del bardo coahuilense fueron su materialismo, su romanticismo y su proclividad por el suicidio.
Refiere Sardaneta que Acuña participó en la fundación de la Sociedad Literaria ‘Netzahualcóyotl’, ’formada por jóvenes que en su mayoría seguían las orientaciones ideológicas y literarias de Ignacio M. Altamirano, impregnadas de escepticismo materialista y ateo, de acuerdo con las ideas políticas y sociales de ese tiempo’.
Ya había pasado de moda en Europa el movimiento artístico conocido como Romanticismo cuando Manuel Acuña se sumó a él, y según aquel trabajo premiado en 1959 por el Departamento de Bibliotecas de la SEP, las exageraciones de los románticos europeos ’afortunadamente (…) no tuvieron desarrollo en México, aun cuando sí influyeron fatalmente en caracteres como el de Manuel Acuña’.
En efecto, narra el autor que en su ’esfuerzo por supeditar la vida al ideal’, en Europa ’sucumbieron muchos artistas minados por enfermedades temibles, como la tuberculosis, pues se esforzaban en dar a los semblantes aspecto lívido y cadavérico…’.
El mexicano Acuña, un estudiante de medicina que vivía en la penuria, relató en su ‘Nocturno’ a su amor imposible, Rosario de la Peña y Llarena, ’que es mucho lo que sufro, / que es mucho lo que lloro’ (…) ’que ya hace muchos días / estoy enfermo y pálido / de tanto no dormir…’, pero se permitió en vida un ’semblante cadavérico’.
Sardaneta cita la idea de que ’Acuña es la encarnación más cabal y dramática del Romanticismo mexicano’, y menciona tres de los amores del poeta: una humilde lavandera de nombre Soledad, a quien él llamaba ’Celi’, la poeta Laura Méndez de Cuenca, con quien habría tenido una relación ’menos idealizada’, y la muy pretendida Rosario de la Peña, a quien conoció en tertulias literarias.
Invitó a las dos últimas a que se suicidaran juntos, lo cual demuestra que ’tenía un alma atormentada y extremadamente sensible’, que lo llevó a quitarse finalmente la vida el 6 de diciembre de 1873 con una dosis de cianuro de potasio.
Su cuerpo fue encontrado por su amigo Juan de Dios Peza en su habitación de la Escuela de Medicina, edificio que aún existe, cuando llegó unos minutos tarde a una cita con él. Acuña le había dicho que si llegaba después de la una de la tarde ya no lo vería, porque saldría de viaje.
Peza dijo la oración fúnebre en la ceremonia de inhumación de Manuel Acuña, a quien el gobierno de Coahuila rindió varios homenajes en su centenario natal, y cuyos restos reposan en el Panteón de Santiago de Saltillo.
Si de alguien más se despidió Manuel Acuña, fue de su amor imposible, Rosario de la Peña: ’¡Adiós por la vez última, / amor de mis amores; / la luz de mis tinieblas, / la esencia de mis flores; / mi lira de poeta, / mi juventud, adiós!’.
Rosario también fue pretendida por el poeta y héroe cubano José Martí, quien, en el tercer aniversario luctuoso de Acuña, escribió en el periódico El Federalista que el bardo coahuilense ’estaba enfermo de dos tristes cosas: de pensamiento y de vida’, y ’murió porque le faltaron a tiempo pulcritudes de espíritu y de cuerpo’.
HACE QUINCE LUSTROS Y CATORCE SEXENIOS (III Y ÚLTIMO)
(Fragmento de mi columna Textos en libertad, 8 de marzo de 2019)
En 1958, la revista de la secundaria 3 ‘Héroes de Chapultepec’ publicó nuestro primer texto periodístico: una notita sobre la historia de ese plantel, y cuando llegó a su LXXX aniversario en 2006, el diario El Universal comentó (28 de febrero) que en él habían estudiado los presidentes Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas de Gortari (sexenios de 1970 a 1994).
Recordamos que allí estuvieron también y fueron nuestros compañeros durante el tercer lustro de vida, el después escritor Parménides García Saldaña y los hermanos Carlos Amador y Manuel, hijos del editor de la revista Tele-Guía Carlos Amador Martínez y la actriz Marga López. Ahora, uno es actor y el otro médico.
En nuestra época fue director de ese plantel el maestro Jesús Teja Andrade, muchos estuvimos en la Cruz Roja Juvenil y adelantamos el Servicio Militar Nacional en la Plaza de la Ciudadela, donde ponían la Feria de la manzana los productores de Zacatlán, Puebla, y ahora -no obstante su estupenda Biblioteca México ‘José Vasconcelos’- es un rumbo desagradable por tanto comercio callejero.
Un día, un estudiante de otra secundaria nos dio la noticia de que en Estados Unidos había un cantante que estaba causando furor. Se llamaba Elvis Presley y él compraba sus discos porque de una tienda le avisaban cuando llegaban a México. La excitación se generalizó poco después aquí con todo y la moda de los copetes, y se convirtió en un irreversible despertar juvenil al ritmo del rock and roll.
(…)
Texto, Carta
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EL SISMO DEL 85 Y LOS ESTUDIANTES DE SECUNDARIA
(Columna Textos en libertad, 13 de septiembre de 2024)
El próximo jueves serán recordadas una vez más las ¿diez mil? víctimas del terremoto del 19 de septiembre de 1985 en México, entre ellas varios estudiantes y una mamá que quedaron bajo los escombros de la Escuela Secundaria Diurna número 3 ‘Héroes de Chapultepec’, ubicada en la avenida Chapultepec 183 de la capital del país.
Cada año, ex alumnos de ese plantel incluidos algunos que estuvieron en la banda de guerra, con redobles de tambor, toque de corneta y lista de presentes rinden homenaje póstumo a sus compañeros fallecidos. Durante la pandemia lo hicieron a las puertas del plantel, y después también en la calle porque los empleados escolares no les han permitido hacerlo adentro.
Tampoco los han dejado -se quejan- ’participar en las últimas ceremonias de fin de cursos donde se había hecho tradición premiar’ a los estudiantes de los tres grados con mejor promedio escolar, y entregar un premio especial otorgado por el ex alumno Enrique Dávila Meza a quien hubiera tenido la calificación media más alta en los tres años cursados.
Víctor Cabrera, quien hizo el primer año en la secundaria 3 en 1985 y terminó sus estudios en los rumbos de Coyoacán debido al sismo, publicó en el aniversario XXIII de esa tragedia un dramático testimonio en tercera persona titulado ’El niño que fui en la Secundaria No. 3’ (asuntosdomesticos.blogspot.com/2008/09/23-aos-despus.html), donde da detalles de lo ocurrido.
Ahí menciona que iba el prefecto a tocar la campana para que los alumnos se formaran y desfilaran hacia los salones, cuando ’el niño que fui comenzó a escuchar el murmullo: era un rumor… que se propagó rápidamente hacia todos los extremos del solar… "está temblando", le confirmó alguno de sus compinches… Puedo afirmar que en aquel momento no llegaba aún el miedo a ese patio, donde privaba un aura de comunión… que crecía entre carcajadas a medida que el vaivén del suelo subía de intensidad.’
Aquel niño ’no supo en qué momento aquello dejó de ser divertido ni quién fue el primero en callar, pero, en todo caso, el contagio fue inmediato: las risas y la gritería se apagaron en un instante y les siguió, como ordenado por un invisible director de orquesta, un silencio repentino... no sepulcral, no absoluto: era un silencio en medio del estruendo que … nacía y se multiplicaba debajo de sus pies y ganaba altura, haciendo ondular el piso y crujir la estructura de la construcción hasta hacer estallar sus vidrios en un orden pasmoso: en filas, uno a uno, de abajo hacia arriba: primero los de la biblioteca, en la planta baja y luego el resto, piso por piso hasta llegar al tercero.’
Cabrera detalló cómo fueron su reacción y las de otros alumnos, y lo que ocurrió después en su ámbito familiar, pero no mencionó a las víctimas en su relato, que fue difundido también en un video (www.youtube.com/watch?v=xG9mxygGIh0).
Una captura de pantalla de una computadora
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Lo que sí narró, fue que había visto ’por última vez al muchacho de tercero, el de las muletas, subiendo las escaleras antes que el resto de los alumnos, como hacía cada mañana para no entorpecer el avance de las hordas hacia sus salones’. ¿Acaso fue ese estudiante con muletas una de las víctimas?
En la lista de fallecidos que cada año recuerdan los socios de la Fundación Amigos de la Secundaria 3, figuran tres alumnos de tercer año: Guillermo Martínez Jiménez, Conrado Jiménez Villalpando y Alejandro Escobar Gutiérrez; uno de primero, Juan Gabriel Pacheco Islas, y dos de segundo: Francisco Javier Vázquez Jiménez y Ángel Lozano Chávez, así como la mamá de este último, María Elena Chávez Castillo.
Nuestro recuerdo
Este tecleador terminó la secundaria hace 65 años precisamente en la 3, ‘Héroes de Chapultepec’, entonces militarizada, y que se volvió mixta después de 1985. En 1976 asistimos a la ceremonia por el cincuentenario de su fundación junto con Rodolfo Velasco Moguel, otro ex alumno y para entonces compañero de trabajo en la revista Automundo.
Esa vez nos tomamos la foto con el doctor Eduardo García Álvarez, el maestro de química que para nuestra sorpresa seguía impartiendo clases, aunque para entonces tal vez ya no correteaba durante los descansos a los más traviesos con una vara en la mano, como lo hacía cuando estuvimos en esa escuela.
En abril pasado nos buscó el ex alumno Daniel Guillot para avisarnos que había publicado en la página de Facebook de la Fundación Amigos de la Secundaria 3 ’una pequeña reseña de tu carrera’, donde se menciona que estuvimos en ese plantel entre 1957 y 1959, y que en 1958 publicamos en la revista Héroes que hacíamos los alumnos, una nota sobre la fundación del plantel el 13 de abril de 1926.
Daniel nos invitó a crear nuestra página personal de Facebook para estar en comunicación y lo intentamos, pero fuimos rechazados por esa plataforma con el sorpresivo argumento de que nuestro número de celular estaba vetado por haber violado sus reglas. Sin entender semejante absurdo, desistimos de hacer nuevos intentos.
Pero qué gratos recuerdos nos dejaron esos tres años de secundaria, cuando también estuvimos en la Cruz Roja Juvenil e hicimos el Servicio Militar Nacional anticipado. Extraordinarios maestros entre los que de momento recordamos al director Jesús Teja Andrade, además de Francisco Valdés Becerril, Juan Moisés Calleja, Simón Elías Squeff, Gustavo Aranda y Arana, Ramón Noble Olivares, María del Carmen Oliver y Vicente Coral Martínez. Los nombres de todo el plantel (72 profesores), así como algunas fotos y hasta caricaturas, lo mismo que del personal administrativo y de intendencia, fueron publicados en el Anuario 1957 que elaboraron los integrantes de la generación (’de patriotas’, escribió uno de ellos, Alberto de Lachica) 55-57. Sólo les faltó el nombre de la joven bibliotecaria, Áurea.
Y hasta ahora, cuando se cumplen 13 lustros de que terminamos los estudios secundarios y hacemos recuerdos de aquellos tres años a propósito del homenaje que habrá a quienes murieron durante el sismo, nos damos cuenta de algo de lo que dejó testimonio en el Anuario citado el alumno de tercero Juan Pedro Xibillé acerca de nuestra generación 57-59:
’…a los nuevos que acababan de terminar sus estudios primarios, se les dio la bienvenida (en febrero); en lugar de tratarlos como antaño, quisimos ser compañeros, ¿y por qué no, amigos de ellos? Hacerlos sentir como en su propia casa, pues ya no hay novatada. Todo se tornó alegría y risa para nuestros compañeros de primer año…’.
Habíamos terminado en 1956 la primaria en la Escuela ‘República de Costa Rica’, de la colonia San Miguel Chapultepec, Ciudad de México, y lo celebramos en grupo (6°A, puros hombres; en el 6° B estaban las niñas) con un desayuno dentro de la Escuela Hogar para Varones --junto al Parque Lira, en Tacubaya--, donde vivían los compañeros de aulas Edmundo Victoria Mascorro y Juan Díaz Díaz, cuyos respectivos padres eran director uno y jefe de la imprenta el otro, en ese internado para menores infractores.
Para sacar ficha para el examen de ingreso a la Secundaria 3, nuestro primo Humberto Villagómez Hernández hizo fila toda la noche junto con sus papás afuera del plantel, nos apartó un lugar y nosotros llegamos a la mañana siguiente muy temprano. Lamentablemente él no se quedó y se fue a otra secundaria; estar formado desde la noche anterior, no era garantía de nada.
En la Secundaria 3 recordamos entre nuestros compañeros de primero a los hijos de la actriz Marga López, Carlos Amador y Manuel; a Carlos Cisneros Martínez quien llegó a encabezar la sociedad de alumnos; a dos amigos desde la primaria, Antonio Juárez Bautista y Rodolfo Aguilar Borja; y ya cursando el segundo año, al hijo homónimo del doctor de nuestro barrio Evaristo Villavicencio, quien fue médico también, y al después malogrado escritor Parménides García Saldaña.
De Mario Sardaneta Villalpando, otro compañero del grupo 1°D donde estábamos, escribimos en 2009 que medio siglo atrás había ganado el primer lugar en el concurso de literatura organizado por la Biblioteca ‘Moisés Sáenz’ de la Secretaría de Educación Pública con su trabajo Monografía de Manuel Acuña, que le fue publicado y aún conservamos un ejemplar.
Y recordamos que, junto con él y los demás del grupo, presenciamos cómo el maestro de literatura y subdirector de la escuela, Francisco Valdés Becerril, había llorado en una clase al terminar de leernos el poema ‘Nocturno a Rosario’, del propio Acuña.
Ahora, los miembros de la Fundación Amigos de la Secundaria 3 ya hacen planes para conmemorar el primer siglo de nuestra escuela en abril de 2026, y ojalá que esta vez sí se permita hacerlo dentro de las instalaciones. Pero mientras llega la fecha, tendremos en mayo de 2025 otro centenario por festejar, el de la Academia Nacional de Historia y Geografía, junto con colegas de todo el país y del extranjero.