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Jose Antonio Aspiros Villagómez
Mamá Tere nació hace un siglo. Vino al mundo el 27 de febrero de 1926 en un municipio del Distrito Federal llamado Tacubaya, y partió el 13 de agosto de 2013, cuando se encontraba hospitalizada en el ISSSTE de Santiago de Querétaro.
Su profesión fue la maternidad. Entre los 18 y los 26 años tuvo seis hijos, todos varones, y todavía se hizo cargo de una nieta y una sobrina, que por eso también la consideran mamá. A principios de los años 60 estuvo grave por un embarazo extrauterino.
Sufrió la pérdida de dos de sus vástagos: Fausto, el segundo, y Regino, el quinto, el mismo año en que nacieron, y los otros cuatro -ahora adultos mayores- vivimos muy unidos, pero ya no en la desfigurada y difícil Ciudad de México. Sus hijas radican fuera del país y la evocan con mucho cariño y gratitud. También nosotros. Cuando falleció, escribí un artículo titulado ‘Queremos tanto a Tere’, que fue muy difundido y comentado.
Mamá Tere batalló para educar a su prole; además de cariño, no les faltaron pan, techo, ropa y escuela, para lo cual tuvo que desempeñar diversos trabajos y vivir por temporadas largas en la casa de sus padres, mis queridos abuelos María y José Antonio, donde ella y yo nacimos. Su papá (mi tutor formal desde 1946) era de Zinapécuaro, Michoacán, y su mamá (quien heredó esa tutela en 1952), de Tequisquiapan, Querétaro. Y con estos datos puestos entre paréntesis, quiero decir que fui un caso aparte porque, siendo ella madre soltera de apenas 18 años, cuando nací sus papás se hicieron cargo de mí por ser el primogénito.
Se impuso con muchas zurras y su voz fuerte a las naturales travesuras de algunos de sus retoños, pero con el tiempo se volvió una abuela tierna y atenta a las necesidades de sus nietos, sobre todo si las mamás de ellos trabajaban. Le gustaba tejerles chambritas. Hace poco nació su primer tataranieto; su descendencia creció mucho y no sólo en México.
Desde luego que Mamá Tere, cuyo nombre completo fue María Teresa Villagómez González, llegó a casarse; lo hizo en enero de 1949 con el padre de sus seis hijos poco antes de nacer el tercero y su matrimonio duró el resto de su vida. Fausto, su esposo, había nacido en Tlacolula, Oaxaca, el 6 de septiembre de 1918 y falleció en el mismo hospital que ella el 18 de marzo de 2022. Se conocieron en Tacubaya, al parecer cuando él trabajaba en el cine Primavera.
Mamá Tere tuvo dos hermanos: Rafael, mayor que ella (1921-1985), y José Antonio, menor, nacido en 1927 y quien se distanció de la familia hasta perdérsele la pista. Y hasta donde sé, sólo tuvo cuatro primos hermanos (Daniel, María Luisa, Guadalupe y David Salvador), hijos de Esther y Sara, hermanas de su mamá.
Seguramente por tantos partos y pocos cuidados, Mamá Tere sufrió de descalcificación y fue necesario ponerle prótesis de cadera en ambas piernas (2009 y 2013), lo que le causó la pérdida de su autonomía para ir y venir, y hacer muchas cosas dentro de su casa, porque era muy inquieta. Sin embargo, tomó con entereza su condición y se adaptó a ella, aunque no totalmente y nos metió muchos sustos por no quedarse sentada. Se caía, o corría el riesgo, por su insistencia en estar siempre activa, o porque quería ir al baño sin ayuda.
Mamá Tere hizo varios viajes a Puerto Rico cuando vivieron allá su hijo Alfonso y sus hijas Martha y Mónica. Y se fue sola a pasar una larga temporada en Tijuana con la señora Meza, una vecina de Tacubaya que ya vivía por allá, y quien en los años 40 iba y venía de Estados Unidos de donde me traía caballitos y otros juguetes de ’sololoy’ (el entonces novedoso celuloide).
Salvo la de sus padres, Mamá Tere nunca tuvo casa propia. La mayor parte de su vida vivió en la zona de Tacubaya, ya fuera en la colonia San Miguel Chapultepec o en el rumbo del Observatorio, además del hogar paterno. Al final, en 2012, aunque con cierto disgusto ella y don Fausto se fueron a vivir con su hijo Manuel en San Juan del Río, Querétaro, y ya no volvió; nueve meses después ocurrió su deceso.
Debo comentar que la casa de mis abuelos, que aún existe, también cumplió cien años. El 20 de enero de 1926, ellos informaron a la Tesorería General del Distrito Federal que en un lote de su propiedad habían terminado la construcción de tres piezas de adobe con techos de bóveda, en lo cual invirtieron 500 pesos. Y en otro oficio, del 5 de diciembre de 1928 dieron cuenta de que en noviembre anterior había sido terminada la construcción de la casa, a la cual se agregaron sala, cocina y comedor con muros de tabique y adobe y techo de bóveda, con inversión de $1,200.00. Aunque en mis recuerdos aparecen más habitaciones.
Los restos de mis inolvidables abuelos están en el Panteón de Dolores y las cenizas de Mamá Tere descansan, junto con las de su esposo, en un nicho dentro del templo de Nuestra Señora del Líbano en la alcaldía Benito Juárez de la Ciudad de México, donde quedan los lugares justos para cuando nos toque a mi esposa Norma y a mí.
Los hijos de Mamá Tere: Alejandro, Alfonso, Manuel y yo -de menor a mayor-, así como Mónica y Martha, y dos nueras (Marisa y Norma, porque, tristemente, Rosi falleció en septiembre pasado), además de los nietos y tal vez otros familiares, la tendremos muy presente en nuestros sentimientos el día de su centenario natal, pues nos dejó una marca indeleble de por vida. Estas líneas son de agradecimiento.